CHARLES HODGE: Un PROTO-PRESUPOSICIONALISTA
Es cierto que Charles Hodge en su Teología Sistemática usa los argumentos de la Apologética Clásica sobre la existencia de Dios. Para los presuposicionalistas estos argumentos pueden ser útiles, como también cualquier clase de evidencia. Sin embargo, solamente son útiles si las presuposiciones cristianas ya fueron establecidas y las presuposiciones de los no-cristianos fueron demostradas como falsas. En el momento en que el incrédulo haya abrazado las presuposiciones cristianas y con el fin de fortalecer su fe, los presuposicionalistas podrían usar estos argumentos como testimonios para la fe. Incluso, hay una forma de tomar estos argumentos clásicos para la existencia de Dios y presentarlos de una manera trascendental -que es el argumento que usan los presuposicionalistas. Pero nunca usarían esos argumentos en un supuesto campo “neutral” para colocar al hombre como juez y sentar a Dios en la silla de los acusados.
Antes de dar cualquier argumento clásico o evidencialista, el presuposicionalista se enfocará en dar un argumento trascendental donde muestre que Dios es una precondición necesaria para inteligibilidad de cualquier experiencia humana y que negarle es caer en el absurdo. Negarle es negar la posibilidad misma del conocimiento.
Ahora bien, sorprendentemente, Hodge hace precisamente esto en sus argumentos para la existencia de Dios. Él hace lo que haría cualquier presuposicionalista ¡argumentar de forma trascendental!
El primer argumento que Hodge nos da en su Teología Sistemática sobre la existencia de Dios es un argumento trascendental, en donde el lector se sentirá leyendo al mismísimo Van Til. Tal forma de argumentar también se puede observar en Berkhof, en Kuyper, en Bavinck, en Calvino, y en muchos otros grandes teólogos de la tradición reformada. Cuando Van Til propuso a la Apologética Presuposicional como la forma bíblica y reformada de defender la fe no estaba descubriendo que el agua mojaba, solamente estaba desarrollando de una manera más formal y avanzada el argumento trascendental que ya poseía la tradición reformada en su misma teología desde un inicio y que no se había elaborado de forma tan clara y sistemática anteriormente. A pesar de esto, el argumento de Hodge posee la misma agresividad y el mismo poder nuclear del presuposicionalismo vantiliano más tardío.
En primer lugar (1), Hodge dice que hay verdades que son evidentes para el hombre, y que negarlas es negar la posibilidad del conocimiento. Él afirma que estas verdades son axiomas, universales y necesarias; en segundo lugar (2), Hodge argumenta que la idea de Dios es universal y necesaria. Y, por tanto (3), la idea de Dios es una verdad axiomática, universal y necesaria. Negarle es negar la posibilidad misma del conocimiento humano.
Esto es lo que llamamos los presuposicionalista un argumento trascendental. Un argumento trascendental es uno que establece las precondiciones para que el conocimiento humano sea posible y la experiencia sea inteligible, y que se demuestra desde la imposibilidad de lo contrario, puesto que cualquier intento de negarle implica afirmarle.
Con respecto al punto (1), Hodge dice:
«Hay una clase de verdades tan llanas que nunca dejan de manifestarse a la mente humana, y a las que la mente humana no puede rehusar su asentimiento. De ahí que el criterio de aquellas verdades que son aceptadas como axiomas, y que son dadas por supuestas en todo razonamiento, y cuya negación hace imposible toda fe y conocimiento, sean la universalidad y la necesidad. Lo que todos creen, y lo que todos deben creer, debe ser aceptado como innegablemente cierto. Estos criterios desde luego se incluyen mutuamente. Si una verdad es universalmente admitida, tiene que serlo porque nadie puede ponerla en duda de manera racional. Y si es asunto de una creencia necesaria, tiene que ser aceptado por todos los que poseen la naturaleza de cuya constitución surge necesariamente.»
Sobre el punto (2), dice:
«Las verdades inherentemente verdaderas pueden ser ilustradas; y se puede mostrar que su negación involucra contradicciones y absurdos. Toda la geometría es una ilustración de los axiomas de Euclides; y si alguien niega alguno de estos axiomas, se puede mostrar que tiene que creer imposibilidades. De la misma manera… sin embargo la existencia de un Dios personal se puede presentar como una hipótesis necesaria para dar cuenta de los hechos de la observación y de la existencia, y que la negación de su existencia deja el problema del universo sin solución e irresoluble. En otras palabras: se puede mostrar que el ateísmo, el politeísmo y el panteísmo involucran imposibilidades absolutas. Éste es un modo válido de demostrar que Dios es… después de todo, una verdad inherentemente evidente.»
Es más que evidente por estas citas que para Hodge Dios es una precondición para la inteligibilidad de la realidad y para la posibilidad del conocimiento humano. Él afirma que la idea de Dios es universal y necesaria, y por tanto axiomática. Luego de afirmar este punto, Él se adelanta a una posible objeción. Se pregunta el por qué la creencia en Dios siendo universal y necesaria puede ser negada, y contesta:
«Así que La pregunta es: ¿Es posible que un hombre cuerdo rechace creer en La existencia de Dios? Esta pregunta generalmente tiene una respuesta negativa. Pero se presenta la objeción de que los hechos demuestran lo contrario. No se ha encontrado nunca a nadie que niegue que dos más dos suman cuatro, mientras que en todas las épocas y por todas las partes del mundo han abundado y abundan los ateos. Sin embargo, hay diferentes clases de verdades necesarias. 1. Aquellas cuya antítesis es absolutamente impensable. Que todo efecto debe tener una causa, que una parte de una cosa determinada es menos que su totalidad, son proposiciones cuyas antítesis carecen de todo significado. Cuando alguien dice que algo es nada, no está expresando ningún pensamiento. Niega lo que afirma, y por tanto no está diciendo nada. 2. Hay verdades acerca de cosas externas o materiales que tienen la capacidad de constreñir a creer de manera diferente de aquel poder que pertenece a las verdades concernientes a la mente. Un hombre no puede negar que posee un cuerpo; y no puede negar racionalmente que tiene una voluntad. En ambos casos, la imposibilidad puede ser igual, pero son de clases diferentes, y afectan de manera diferente a la mente. 3. También, hay verdades que no se pueden negar sin violentar las leyes de nuestra naturaleza. En tales casos, la negación es forzada, y sólo puede ser temporal. Las leyes de nuestra naturaleza se manifestarán más tarde o más temprano, y constreñirán a una creencia opuesta. Un péndulo, en posición de reposo, cuelga perpendicular al horizonte. Puede hacerse, mediante una fuerza externa, que cuelgue con cualquier grado de inclinación. Pero tan pronto como se elimina esta fuerza, con toda certeza que volverá a su posición normal. Bajo el control de una teoría metafísica, un hombre puede negar la existencia del mundo exterior o la obligación de la ley moral; y esta ausencia de creencia puede ser sincera y persistente durante un tiempo; pero en el momento en que sus razones especulativas para la increencia estén ausentes de su mente, ésta pasa necesariamente a sus convicciones originales y naturales. También es posible que la mano de un hombre puede estar tan encallecida o cauterizada que pierda el sentido del tacto. Pero esta no demuestra que la mano humana no sea normalmente el gran órgano del tacto. Así que es posible que la naturaleza moral del hombre quede tan desorganizada por el vicio o por la falsa filosofía que silencie eficazmente su testimonio de la existencia de Dios. Pero esto no demostraría nada en cuanto a lo que verdaderamente es el aquel testimonio. Además, esta insensibilidad y la consiguiente incredulidad no pueden durar. Todo aquello que excita la naturaleza moral, sea el peligro, o el sufrimiento, o la inminencia de la muerte, hace que la incredulidad se disipe en un momento. Los hombres pasan del escepticismo a la fe, en muchos casos, de manera instantánea. No, naturalmente, debido a un proceso argumental, sino por la existencia de un estado de consciencia que es irreconciliable con el escepticismo, y en cuya presencia éste no puede existir. Este hecho es ilustrado de manera continua, no sólo en el caso de los no instruidos y supersticiosos, sino incluso en el caso de hombres de la más refinada cultura.»
Por tanto (3), Hodge usa un argumento trascendental, colocando a Dios como axioma y precondición del conocimiento humano. Aquí podemos ver a un proto-presuposicionalista vantiliano:
«Es de gran importancia que los hombres sepan y sientan que por su misma naturaleza están obligados a creer en Dios; que no se pueden emancipar de esta creencia sin desracionalizar y desmoralizar todo su ser.»
Por: José Ángel Ramírez
Nota: Todas las citas son tomadas del Tomo I De la Teología Sistemática de Hodge (Editorial CLIE, 1991)